Madonna es culpable

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Madonna es culpable

Publicado 8 mayo, 2013

Pablo Pardo

“¡El tiempo es dinero, y es mi dinero!”. 

Según cuenta el bajista Guy Pratt en su divertidísimo libro ‘My Bass And Other Animals’ (‘Mi bajo y otros animales’, que es una referencia al clásico ‘Mi familia y otros animales’, de Gerald Durrell), eso es lo que le gritaba Madonna en el estudio de grabación. Pratt, como Durrell, es inglés, muy inglés, y usa la ironía con una habilidad increíble, porque siempre empieza riéndose de sí mismo, y así no hay forma de ir a por él.

Pero, como casi siempre, la ironía tiene múltiples significados, y una de las ideas que Pratt desliza es que ese carácter tan brutal de Madonna en el estudio era mucho más sano que el de, por ejemplo, Tina Turner, que una vez le dijo que quería que su bajo sonara “como más púrpura’.

Así que Madonna tiene tiempo. Y los que trabajan para ella, no. Hace más de dos décadas, un profesor se empeñó en explicarme que el dinero hace al que lo tiene dueño del tiempo de los que tienen que trabajar para él. No creo que a Rafael Alvira le guste Madonna. Estoy casi seguro de que no. Pero justo nos decía eso mientras Pratt y Madonna grababan el disco ‘True Blue’. Y yo no le entendí hasta que me compré el libro, como en 2009. Dije: “Por fin lo pillo”.

Esta semana ha sido el Día del Trabajo, que es en casi todas partes salvo en Estados Unidos, donde yo vivo, porque aquí no ha habido conflictos de clase, de modo que esa festividad es en septiembre (el Día del Trabajo conmemora una matanza de huelguistas en Chicago). Los estadounidenses tienen una actitud frente al trabajo muy diferente de la española. Es algo que explica muy bien Edward Luttwak en su libro “Turbocapitalismo”, y que también corroboran las encuestas: en EEUU, perder el tiempo está mal visto.

Un rico, en EEUU, tiene que ser una persona ocupada. Muy ocupada. Cuanto más rico, más ocupado. Justo al contrario que en España. (Luttwak también escribió ‘Golpe de Estado. Un manual práctico’, en el que se inspiraron los coroneles que planearon solucionar los problemas patrios en unas pocas horas en octubre de 1982, la víspera del día en que Felipe González arrasó).

El problema es que un pobre en EEUU tampoco tiene tiempo, porque necesita dos o tres empleos para llegar a fin de mes. Es lo que se llama ‘los pobres que trabajan’, o sea, ‘the working poor’. La cajera del súper, friega suelos de madrugada en un edificio de oficinas, en el que trabaja un contable que por la noche hace horas extras llevando los números de la cajera y sus compañeras, porque las tienen de autónomas y las mujeres tienen escasos estudios y no controlan bien lo que quiere Hacienda.

Aquí en EEUU hay dos libros muy buenos sobre esto. Uno es ‘Nickel And Dimed’ (algo así como ‘Estafada’), de Barbara Ehrenreich, que se hizo pasar por una mujer pobre en los años noventa y fue explotada de diversas formas. El otro, ‘The Working Poor. Invisible in America’ (no hace falta traducir el título), del también periodista David Shipler, que se publicó hace casi diez años.

Así que los estadounidenses no tienen tiempo. Y, los españoles, cada vez menos. Cada vez se trabaja más y se cobra menos, y en cuanto pueden, te echan, para que los que trabajan, trabajen aún más y así nadie puede pararse a pensar y/o a ver si las cosas podrían ser de otra manera.

En Estados Unidos, un varón trabajaba en 1970 en promedio 36 horas a la semana y cobraba 59.000 dólares brutos al año. En 2012, trabaja 46 horas semanales de media y gana lo que en 1970 habrían sido 51.000 dólares brutos al año. O sea, trabaja un 27% más y cobra un 8,9% menos. En realidad, la pérdida de poder adquisitivo es mayor, porque las retenciones de la Seguridad Social subieron en los años ochenta.

Si el poder adquisitivo se ha mantenido ha sido por dos razones. La más obvia, la incorporación de la mujer al mercado laboral. En 1960, el 80% de los niños de EEUU tenían a uno de los progenitores en casa. En 2012, solo el 30%. La otra, menos visible, es la proliferación de la deuda. Al crear estabilidad en los precios en los años ochenta, los bancos centrales lograron que los tipos de interés pudieran ser más bajos. Tipos de interés más bajos y expectativas de inflación moderadas, más unos sistemas fiscales que favorecen la deuda sobre el ahorro y que gravan las rentas del trabajo en beneficio de las del capital y las de aduanas hicieron que todos fuéramos al banco a pedir créditos.

Unos créditos que a veces son un lujo o a veces un capricho, pero que otras veces inevitables, porque la inflación fue liquidada por medio de la moderación salarial. En Estados Unidos, tras la recesión, no es que los sueldos no crezcan al nivel de la inflación, no. Ni que crezcan al nivel de la productividad, tampoco. Están creciendo por debajo de la productividad, y la productividad en EEUU ahora mismo aumenta muy despacio, por debajo del 1%.

De hecho, la riqueza personal del 3% más rico de los habitantes de ese país creció un 28% entre 2009 y 2011, mientras que la del 97% restante descendió un 4%, según el Centro Pew, la organización de estudios de la opinión pública más respetada de EEUU. La razón de la divergencia es que el 3% más rico tiene mucho más invertido en bolsa y productos financieros que el 97% más pobre, que depende mayoritariamente de su trabajo para vivir. Y, mientras la bolsa y los bonos suben, los sueldos bajan.

Tal vez sea en realidad algo de lo que alegrarse. Si hay poco trabajo, es porque nos hemos movido hacia una economía intensiva en trabajo. Es decir, que no hace falta que nadie esté apretando tuercas en una cadena de montaje, o tirando él de un arado, estilo “El niño yuntero”, de Gabriel Hernández. Así lo explicaba Roger Senserrich esta semana, citando a Yasmina Reza.

Tal vez sea así como haya que mirar que el 33% de las personas con un cargo ‘profesional’ trabajan más de 50 horas semanales.

Y que solo el 55% está satisfecho con su vida laboral.

En cualquier caso, nos hemos quedado sin tiempo y sin dinero. Todo se lo ha quedado Madonna.

 

Artículo de Pablo Pardo publicado en  elmundo.es el 5 de mayo de 2013