La ética como valor reconocible en la sociedad

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La ética como valor reconocible en la sociedad

Publicado 9 octubre, 2013

Juan Mateos, Socio Consultor de Bricocrack.tv

En los años que he simultaneado mi trabajo en España con mi actividad de comercio del libro en Argentina tuve la oportunidad de ser “cliente” del arzobispado de Buenos Aires, en la época que el Papa Francisco era aún el arzobispo Bergoglio. Es verdad que mi actividad como cliente era, sencillamente, la de inquilino de uno de los locales de negocio existentes en los inmuebles propiedad de la Iglesia, en los céntricos Barrio Norte y San Nicolás, pero me dio oportunidad de vivir una negociación ideológica que para mí hoy, ha cobrado relevancia.

En aquellos años pretendíamos que nuestras librerías “Guadalquivir” fueran pequeños locales súper-especializados en distintas temáticas académicas. Y en esa búsqueda supimos que el arzobispado quería reactivar sus inmuebles buscando comercios que añadieran valor por su tipo de actividad, ofreciendo a cambio contratos de alquiler ventajosos (algo muy preciado allí en estos años de inflación enloquecida). Por cierto, cuando optamos a ser arrendatarios de la curia bonaerense para una nueva librería especializada en Educación, yo ya había tenido la oportunidad de conocer a algunos obispos argentinos en algunas presentaciones de editoriales españolas, realizadas desde nuestra librería especializada en Estudio de las Religiones.

Pero no seguimos esa costumbre tan porteña de recurrir a algún contacto para mejorar la relación, porque lo que pretendíamos era sencillo: alquilar un local de negocio. Así que acordamos con la agencia, firmamos el contrato que nos remitió el arzobispado y nos pusimos a hacer los preparativos, contratar personal, etc. La sorpresa nos llegó cuando el “representante legal” de nuestro arrendador nos comunicó que, para firmar ellos el contrato, debíamos incluir una cláusula de que “no se venderían libros contrarios a la doctrina de la Iglesia”. Cualquiera que se mueva en el mundo del pequeño comercio, sabe el lío que supone que te paren una apertura. Nosotros, por otra parte, teníamos por nuestra trayectoria una imagen progresista muy poco apreciada por nuestros competidores de organizaciones religiosas bien conocidas, y con mucho peso en la archidiócesis de Bergoglio.

Opté por lo que me parecía más razonable. Mandé un mensaje “al Sr. Arzobispo” diciéndole que no íbamos a firmar esa cláusula porque en “Guadalquivir Educación” sí que íbamos a tener, inevitablemente, libros con opiniones contrarias a la orientación de la Iglesia, pero que no pretendíamos convertirnos en abanderados de ninguna línea editorial sino ejercer de forma libre nuestra actividad de libreros. La respuesta tardó poco menos que nada: “el Sr. Arzobispo estaba satisfecho con esa respuesta” y el contrato se firmó sin dilación. Para quien conozca la Iglesia argentina, que es sin duda la más conservadora de todo el continente, la actitud de quien era presidente de su Conferencia Episcopal quitándose, supongo, con un simple manotazo a quien fuera que hubiera malmetido contra nosotros, me pareció cuando menos muy elegante.

Cuando leo ahora los mensajes del Papa Francisco se me renueva esa imagen que me hice entonces. La adopción de un compromiso ético es hoy, en medio de la crisis de nuestro modelo de sociedad, un objetivo inaplazable para la Iglesia. Pedir a los fieles que vivan la esperanza en medio de la desolación valía para las sociedades medievales, pero en nuestro mundo actual cualquiera que mire hacia otro lado ante la corrupción y la injusticia carece de cualquier autoridad sobre sus conciudadanos. Llevábamos muchos años viviéndolo en la religión y hoy lo vivimos de forma aguda en la política. Aceptar que el “soy honrado” haya sucumbido a favor del “soy inocente mientras no me condenen” es un trago amargo para la sociedad civil.

En el ámbito de la jerarquía eclesiástica, como ocurre hoy en la política, se ha arraigado desde la antigüedad un entramado de intereses bastardos que socavan su autoridad y restan valor a cuanto de bueno se hace en su seno. La figura de un Papa de profunda honradez humana, que es además capaz de luchar dentro de su propia casa, es un soplo de aire fresco en un mundo en el que los acomodaticios, los débiles y los cobardes son con frecuencia sospechosamente promovidos a las más altas responsabilidades. Y no creo que sea un movimiento aislado de un “jesuita loco” enfrentándose al poder del Vaticano. Es evidente que su predecesor, un gran intelectual y un hombre con un historial de rectitud indiscutible, se retiró porque le faltaban las fuerzas. Pronto hemos entendido quien era ese enemigo contra el que no se sentía con fuerzas para luchar.

Desde el mundo empresarial no podemos dejar de fijarnos en la relevancia que va adquiriendo entre los ciudadanos este discurso ético. Caminamos hacia un mundo en el que los códigos de buenas prácticas van a tomar buena parte del peso que hasta ahora tenía la publicidad de los productos. Y es que la decisión de compra pasa ahora, gracias al santo Internet, por filtros mucho más exigentes. Ya que estamos hablando en el ámbito religioso podríamos decir que “bienaventurados sean los que quieran adaptarse a esos filtros”.